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Ruben Cedeño del “Sabio Libro de los Preceptos”.

Ana Mercedes Asuaje de Rugeles. Parte I

Por Ruben Cedeño. Del libro “Memorias Metafisicas”

Era de noche, en la casa de mi abuelo, y en un pequeño radio portátil, de esos que se empezaban a poner de moda en aquella época, escuchaba la transmisión por “Radio Nacional” de un concierto de la Soprano Fedora Alemán, directamente desde la Biblioteca Nacional, donde ella estrenaba las canciones compuestas por Ana Mercedes Asuaje de Rugeles, con poesías de Manuel Felipe Rugeles, en un homenaje a este desparecido poeta que era su esposo. Dándole rienda suelta a mi imaginación, me preguntaba, si algún día podría conocer a esos artistas tan importantes, cuyas composiciones eran transmitidas por radio.

 

CONSERVATORIO  

Cuando llegué la primera tarde al Conservatorio de Música “Juan Manuel Olivares”, de la mano de la eminente pedagoga María Carrasquero, para que me aceptaran como estudiante de Teoría y Solfeo, ya habían pasado las inscripciones y era necesario hablar con la Subdirectora, la Profesora Ana Mercedes de Rugeles, la misma de las composiciones transmitidas por radio. Quise expresarle mi emoción por conocerla personalmente, pero, por timidez, preferí callar.

La Profesora Rugeles era de presencia imponente; ese día la veía más alta de lo que la percibiría después. Se notaba que se trataba de una mujer correcta hasta en los más mínimos detalles de las acciones de su vida; de hablar seguro, en un correcto y depurado castellano, sin ninguna palabra que sobrara, fuera de lugar, o que no estuviera aceptada por la Academia de la Lengua Española. Vestía generalmente de color oscuro, reminiscencia de una renombrada e insuperable viudez que marcó toda su vida, por haber sido esposa de Manuel Felipe Rugeles, uno de los poetas más famosos de Venezuela.

 

SU HISTORIA

La profesora venía de una familia aristocrática de Barquisimeto, de formación severa en cuanto a educación y cultura se refiere. Su padre había sido un excelente médico que había ejercido en la época del Dr. José Gregorio Hernández. Por el lado de su madre le venía la herencia de ser música; era sobrina del Ministro de Fomento de la epoca. Recibió la más esmerada educación, estudiando incluso en el Colegio Welgelegen, en Curazao, donde aprendió música, pintura, literatura, inglés, francés, mecanografía, manualidades y todo lo que una culta señorita de su época debía aprender. Fue secretaria ejecutiva en el Ministerio de Agricultura y Cría, mientras concluía su educación en la Escuela Superior de Música con el Maestro Sojo, uno de los más grandes músicos de la primera mitad del siglo XX. Estudió en Washington, Buenos Aires y París. Ganó cinco premios de composición: por el Himno de la Agricultura, el de Alfabetización, el de las Enfermeras, y por dos canciones: “Plenitud” y “El Pájaro Carpintero”. En el Ministerio de Agricultura y Cría conoció al famoso poeta Rugeles, que era Director de Gabinete del Ministerio. La Profesora se incorporó a trabajar en el Conservatorio cuando el renombrado compositor y pedagogo Maestro Plaza se fue para Europa; él le pidió que se quedara como directora, y cuando regresó, la ratificó como subdirectora.

La profesora Rugeles hizo que me aceptaran en primer año de Solfeo. No pasaron muchos días cuando los compañeros me pusieron al tanto de los aconteceres de donde estudiaba, y algo de lo que había que enterarse, era de la personalidad de la Profesora Rugeles, que marcaba el modo de pensar y sentir del Conservatorio: no había nada fuera de lugar, los profesores eran por demás correctos, todo marchaba de forma impecable; no parecía un Conservatorio del Estado, sino una encumbrada Academia de Música de Europa, con todas las exigencias, pero en Caracas.

Después de ese día en que fui aceptado como alumno, a la Profesora sólo la veía desde lejos, ya que siempre estaba ocupada; salía de una oficina o salón de clases y se metía en otro. Notaba una gran distancia inalcanzable entre ella y uno;  me sentía el más lego de los alumnos de la escuela, y era así, ya que había sido el último en ser aceptado en ese año escolar.

Ya había conocido a la nieta de Conny Méndez en mi aula de solfeo, y también, había contactado a Conny, quien me había mandado muy recomendado a las clases de Metafísica de Katiuska Cordido, los miércoles en la noche.

 

CLASE DE METAFÍSICA

El Conservatorio de Música quedaba al pie del Monte Ávila, en una calle hermosa y tranquila, bordeada de árboles que le daban nostálgicas y bucólicas sombras; mirando hacia el norte, uno no dejaba de admirar a cada momento, la imponente montaña de casi tres mil metros de altura. Cerca de allí eran las clases con Katiuska a las 8 de la noche. Como casi todo lugar ubicado en las faldas de una montaña, por las noches no era muy concurrido y carecía de abundante transporte público. Pero causalmente, en la esquina de abajo del Conservatorio pasaban unos transportes pequeños llamados “Carritos por Puestos”, que en su ruta tenían la calle donde se encontraba la Escuela de Música Blanca Estrella, donde se daba el curso de Metafísica. Blanca Estrella había sido galardonada, en varias oportunidades, con el Premio Nacional de Música, lo que le daba una gran fama.

En esos días, mi vida estaba muy conmovida. De repente, en mi apacible mundo interior, se comenzaban a mover las energías que definirían el futuro de toda mi existencia. En menos de un mes, ya estaba en contacto con personajes muy famosos del acontecer cultural de mi país: Conny Méndez, la Profesora Rugeles y Blanca Estrella de  Méscoli.

Ese miércoles salí solo del Conservatorio, lleno de ilusiones, a recibir la clase de Metafísica; tomé el “Carrito por Puestos” y llegué a la Escuela de Música Blanca Estrella, bajé unas escaleras y me encontré con el espacioso salón de clases, que se veía era para actos culturales, ya que tenía tres pianos y sillas para el público, que en esa oportunidad estaban ocupadas por los que iban a recibir la clase de Metafísica. Como no conocía a nadie, me senté callado, observando cómo iban entrando las personas; casi nadie era joven, todas de mediana edad, muy bien vestidas, de un hablar refinado, que parecían conocerse desde hacía tiempo. En mi leve desconcierto, por estar en un sitio donde todo el mundo se conocía y yo desconocía a todos, me acurrucaba sobrecogido dentro de mí mismo. Pero esto no duró mucho. De repente, sorpresivamente, la puerta de vidrio del salón se abrió y entró la Subdirectora del Conservatorio, la Profesora Rugeles, y no lo pude creer. De inmediato, todo el mundo la comenzó a saludar. Al fin había llegado alguien que conocía, y la que menos esperaba. Me levanté de donde estaba sentado y la fui a saludar, identificándome. De inmediato me dijo: “Ya tengo quien me acompañe los miércoles para venir a las clases de Metafísica” y me miré, incrédulo, a ver si ese acompañante era yo mismo.

La profesora Rugeles había conocido a Conny en lo que había sido para ella una memorable reunión social, una noche en la que había cantado y su esposo había declamado algunas de sus poesías. Años después, la llamó Blanca Estrella para decirle que le tenía un librito de Metafísica de Conny Méndez, e invitó a almorzar a la Profesora con Conny; desde ese momento se convirtieron en amigas.

Parecido a la manera en que Conny y la Profesora se hicieron amigas, comenzó mi gran amistad con la Profesora Rugeles. Los miércoles en la noche, al desocuparse de sus labores de subdirectora y yo terminar la clase de Solfeo, salíamos del Conservatorio por el pasillo central del jardín de la entrada principal: ya se había convertido en mi hermana espiritual, confidente metafísica, y amiga cercana de entera confianza. Antes de ir a la clase de Metafísica, me llevaba a su casa para que comiera algo, que por la rapidez sólo nos daba tiempo a que fuera, lo que ella decía con mucho cariño y criollamente –saliéndose de su estilo de hablar– “comerse un sandwichito”.

Como la Profesora Rugeles, Blanca Estrella, Katiuska y Conny Méndez eran amigas entre sí, y las conocía a todas, de manera automática, inmediatamente, quedé incorporado al grupo, y aunque mucho menor en edad que ellas y apenas un estudiante, me sentía plenamente aceptado. Nos empezamos a reunir con Conny en su casa, haciendo deliciosas veladas musicales, metafísicas y culturales, que se perpetuaban hasta la medianoche y se celebraron por diez años, hasta el día en que Conny pasó de plano.

Inmediatamente después de que entablé amistad con la Profesora, en 1969, el Ministro de Educación la nombró Directora del Conservatorio, cargo que desempeñó hasta que la jubilaron, en 1975.

 

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